• El síndrome SAPO, pese a su trascendencia y lo que nos afecta, es bastante desconocido. Sin embargo, es muy importante saber qué se esconde bajo las siglas SAPO, especialmente para el mundo laboral. Por otro lado, lo que hay detrás del acrónimo es nocivo tanto para la búsqueda de empleo como para el mantenimiento de un puesto de trabajo.

    No obstante, te recomendamos también evitar el síndrome SAPO en tu vida diaria: no es una buena compañía en ningún área. Para entenderlo mejor, vamos a tratar de precisar su significado y consecuencias.

    ¿Qué es el Síndrome SAPO?

    El síndrome SAPO engloba las cuatro habilidades que pueden destruirnos por completo nuestro clima laboral. Son las siglas de cuatro actitudes a tener muy en cuenta.

    Soberbia.
    Arrogancia.
    Prepotencia.
    Obstinación.

    LA SOBERBIA:

    La soberbia no es precisamente una actitud que genere simpatía. Es más, las personas que piensan que son superiores, suelen despertar un rechazo muy grande en los demás.

    Por otro lado, aunque sea un pensamiento que traten de ocultar, es fácil que terminen ellos mismos delatando su falsa humildad. Una actitud que despierta todavía más rechazo.

    LA ARROGANCIA:

    Si buscáramos la definición de arrogancia en el diccionario de la Real Academia Española, nos derivaría al término arrogante. Dicho término recoge dicha acepción:

    ‘Los términos Altanero y Orgulloso’.

    En el lenguaje coloquial, se usa con frecuencia como sinónimo de soberbia. En lo conductual, quizás la posición que más destaca es “el desprecio sistemático a la argumentación y opiniones de los demás”.

    LA PREPOTENCIA:

    Estaríamos en un registro muy parecido al de las actitudes anteriores. De hecho, podríamos ver a la arrogancia como una manifestación de la prepotencia o una consecuencia.

    Alguien piensa que es mejor y más sabio que los demás (prepotente) y por eso no presta atención a lo que los demás tienen que decir (arrogante).

    LA OBSTINACIÓN:

    Si buscamos este concepto en la Real Academia Española nos encontramos con la siguiente definición:

    ‘Pertinacia, porfía, terquedad’.

    Con este registro, estaríamos hablando de personas a las que les es complicado hacerlas cambiar de visión u opinión.

    Lo mismo ocurre cuando nos referimos a este término desde el ámbito del trabajo, y es que hace referencia a esas personas que solo dan por válidas sus opiniones e ideas. Por eso, siempre se trabajará mucho mejor si se atiende y escucha las opiniones e ideas de los demás.

    Siempre será buena hacernos una evaluación personal ya que quizá en alguna o en todas las áreas de nuestra vida estemos constantemente con el síndrome del SAPO.

    Déjame tu opinión y comparte este cuento si te gusto.

  • La Inteligencia Emocional no necesariamente es sinónimo de felicidad, no es sinónimo de calma, ni tampoco de optimismo. Te digo esto por una razón muy clara: hay quienes tienen una “idea algo errónea” sobre este tipo de ciencia de las emociones. Dominar dicha área de la psicología no nos garantizará al instante el éxito en la vida ni nos hará «más inteligentes» o más felices.

    Practicar una auténtica Inteligencia Emocional requiere voluntad, conocimiento y apertura. No basta con leer un libro o hacer un curso, se requiere ser proactivo, saber y promover, sentir y ofrecer, entender y generar… Solo así daremos forma a entornos más empáticos, sensibles, creativos y hábiles emocionalmente.

    Lo que nos ofrece la Inteligencia Emocional son herramientas y habilidades con las que resolver mejor las complejidades de nuestros contextos sociales. Es un canal del autoconocimiento y una cualidad transformadora.

    Los componentes de la Inteligencia Emocional son cinco arterias psíquicas, cinco valías que nos ofrecen mayor potencial, seguridad y autoconocimiento para gestionar con éxito las complejidades del día a día. Daniel Goleman nos recuerda que todos llevamos un «genio emocional» dentro al que hay que «desbloquear», al que hay que dar alas y herramientas para alcanzar el bienestar.

    A día de hoy, hay muy pocas personas que no hayan oído hablar aún de la Inteligencia Emocional. Sin embargo, puedo decir casi sin temor a equivocarme que en ocasiones, hay quien se limita a hacer uso de meras etiquetas sin comprender aún la práctica, sin captar la auténtica esencia de este y muchos otros enfoques psicológicos y del crecimiento personal.

    Trabajar las emociones a diario y hacerlo bien, nos permitirá ser más solventes en el campo del crecimiento personal.
    Veamos por tanto qué claves la conforman.

    Autocontrol

    Cuando un niño tiene 4 o 5 años hay un área que le cuesta mucho dominar: El autocontrol. Se frustrará con frecuencia, no será capaz de aplazar las gratificaciones, ni esconder su enfado cuando su hermano coge la porción más grande de pizza o cuando le rompe un juguete sin querer.

    Los niños más pequeños presentan estas conductas porque las áreas cerebrales relacionadas con el control de los impulsos y las emociones aún no están completamente maduras. Es sobre los 7 años cuando este tipo de conductas empiezan a asentarse con solvencia, siempre y cuando, eso sí nos guíen también en esta habilidad.

    Así, es importante tener en cuenta que el autocontrol es uno de los componentes de la Inteligencia Emocional más importantes. La autorregulación, el pensar antes de hablar o de actuar, la capacidad de reflexión así como la habilidad de controlar nuestros impulsos son clave para ser más hábiles emocionalmente.

    Conocimiento de uno mismo

    Decía Mark Twain que ayudar a una persona a conseguir lo que quiere puede ser fácil, pero el problema es que en este mundo casi nadie sabe lo que quiere exactamente. Es una ironía, es cierto, pero pocas cosas son tan complejas como lograr conocernos a nosotros mismos en profundidad y poder actuar entonces en consecuencia.

    Aún más, si ya complicado es tener claras nuestras prioridades en cada momento, más difícil es ser conscientes de nuestras emociones.

    A veces, un estado emocional determinado condiciona nuestra conducta, nuestros pensamientos y el estado de ánimo. Ser conscientes de ello, saber qué nos duele, dónde nos duele y el por qué de ese sufrimiento, molestia o contradicción nos permitirá poner en práctica una adecuada regulación emocional y ser mucho más competentes en materia de Inteligencia Emocional.

    Automotivación

    La motivación intrínseca es el mejor motor para la mente y el corazón. Es la fuente de la superación personal y la energía positiva capaz de darnos aliento aún cuando lo que nos rodea o lo que nos llega no es satisfactorio.

    La motivación que uno mismo se dedica le insta a ser mejor cada día, a focalizarse en lo que es importante para desplegar mejores recursos y adecuadas emociones para alcanzar los objetivos que se propone.

    Empatía

    La empatía es otro de los componentes de la Inteligencia Emocional más importante. Es ese vínculo con el que mejorar las relaciones con los demás, ese canal con el que conectar con quien tenemos en frente pero sin dejar de ser nosotros en ningún momento.

    Es importante matizar este ultimo detalle. Aunque nos repitan a menudo que empatizar es ser capaces de ponernos en los zapatos ajenos, conviene recordar que esta maravillosa habilidad no nos servirá de nada si nos diluímos en el otro, si nos limitamos a ser solo «esponjas emocionales».

    Hay que saber leer las emociones, hay que descifrar gestos, matices, tonos de voz, pero debemos también mantener esa compostura sabia y firme con la que responder en consecuencia, siendo la mejor ayuda, el mejor facilitador.

    Habilidades sociales

    Las habilidades sociales son el engranaje perfecto para nuestro desarrollo personal y profesional. Así, uno de los objetivos inscritos en esa ciencia excepcional que es la Inteligencia Emocional es concientizarnos de que debemos ser para nosotros mismos «la mejor ayuda» y no nuestros propios enemigos. Porque sí, a veces lo somos.

    Somos nuestros propios enemigos cuando no somos asertivos, cuando no sabemos comunicar, cuando no nos respetamos a nosotros mismos, cuando nos falta paciencia, apertura, compasión, positividad, etc…Todo esto y mucho más es lo que se contiene en esa caja de herramientas llamada «habilidades sociales» y que todos deberíamos dominar.

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